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Hay un debate en el país, entre profundo e intenso (cosas muy diferentes por cierto), sobre el camino que deben tomar las decisiones legislativas y/o populares (consulta o asamblea) para enrumbar este buque cuyos timoneles ya no existen y cuya brújula hace rato desapareció. Y el consenso generalizado parece encaminarse hacia un tema muy concreto: emprender reformas políticas que cambien el manejo de los poderes, porque la clase política (se entiende los partidos políticos más los grupos empresariales o sindicales que los rodean, pero, ¿eso se entiende realmente?) ha maniatado todos los campos de la vida nacional. En consecuencia se requieren reformas en la manera de estructurar los partidos, de enfrentar las elecciones y de otorgar espacio a la sociedad civil no política.
Muy bien, todo esto es razonable, pero francamente a mí me falta por lo menos una pieza del rompecabezas, y es que en el momento en que se haya elaborado un montaje político más razonable, nos enfrentamos a un problema fundamental que no hemos sabido (tampoco) manejar: ¿qué tipo de sociedad queremos estructurar? Y en el fondo hay dos alternativas: o queremos una sociedad donde los ciudadanos sigamos mirando al Estado paternalista como el que resuelve todos sus problemas, o queremos una sociedad donde los ciudadanos libres sean los que asuman mayormente el destino en sus manos. De cierta manera es el viejo debate entre Estado y mercado que algunos pretenden ya se ha superado y es obsoleto. Todo lo contrario, es el debate más actual posible y en el cual todavía hay mucha tela por cortar: ¿es el individuo o la llamada colectividad el ente motor de la sociedad? Es trascendente ese debate, porque la clase política (antes definida) ha podido manipular a la sociedad sobre la base de esos esquemas estatistas que tienen ese germen monopolista y absorbente injertado en su propia esencia. Y el Ecuador, estimados amigos, no es ni ha sido un país liberal, sino que vivimos en un entorno estatista creado básicamente con el objetivo de ser manipulado y aprovechado por esa clase dominante ampliada. Mire alrededor suyo. Somos dueños del petróleo, pero un grupo de personas maneja en nuestro nombre toda esa riqueza (¿alguna vez fue usted consultado para otorgar a Petroecuador ese poder? ¿Hay un contrato en alguna parte que así lo disponga?). Nuestros ahorros de jubilación, los más importantes, son manejados por una institución voraz y monopolista. La electricidad, los puertos. Hasta en uno de los grandes esfuerzos privados como fue el desarrollo del banano, hoy el Estado “mete mano” a través de una serie de dádivas políticas y de precios oficiales (cuando el precio cae se vilipendia al mercado y surgen los reclamos y pedidos de apoyo y cuando sube como en las últimas semanas, ¿quién le felicita al mercado?). O el enfoque hacia una sociedad de competencia, libertad y eficiencia. Luego de haber “resuelto” los problemas políticos, ¿en qué momento, en qué foro y de qué manera vamos a discutir estas visiones clave, entre las cuales hay rupturas fundamentales en nuestra sociedad? * Publicado por Diario El Universo, Guayaquil – Ecuador. Octubre 28 de 2005.
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